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Juana Azurduy de Padilla |
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A partir
de 1809 ha comenzado a escribirse la historia de los amantes guerreros:
Padilla dominaba con sus armas el territorio entre el río grande
y el Pilcomayo, bajo la dirección de arenales, a quién había
acompañado en sus últimas operaciones (...) Acompañaba
le en sus correrías su esposa, doña Juana Azurduy, que llegó
a hacerse tan famosa como su marido, por su valor, sus hazañas
y por su ascendiente sobre los naturales. Esta heroína oriunda
de Chuquisaca, Bolivia, educada en un convento, casada con Padilla a los
25 años, de gallarda presencia, rostro hermoso, y tan valiente
como virtuosa, contaba en aquella época con 35 años de edad. Las guerras
de liberación por América marcaron la vida de Juana, madre
de 4 pequeños, engendrados en los primeros cuatro años de
casada, eligió compartir su tarea de madre y esposa con la guerra.
Esta elección marcó por completo su vida. Pero en la
vida de esta mujer parece no haber límites, con treinta y tres
batalla ganadas junto a su ejército de leales, y el reconocimiento
del general Belgrano, quien le obsequió su sable favorito y obtuviera
para ella el nombramiento de teniente coronel. Presumiendo
que su jefa está débil, el grupo de soldados que custodiaba
a Juana Azurduy, consideró que era el mejor momento para traicionarla,
y arrebatarle la caja con el tesoro de sesenta mil duros, el botín
de guerra que cuentan para su supervivencia, las tropas revolucionarias
y que Juana Azurduy custodia con celoso fervor. Los hombres arremeten
contra la tenienta coronel, que se alza frente a ellos con su hija en
brazos y la espada obsequiada por Belgrano, tendida hacia delante en ademán
de ataque. Juana, feroz y decidida, ordena en quechua acciones bélicas
a su tropa de indios amigos. Juana Azurduy monta a caballo con su pequeña
hija en brazos y juntas, se zambullen al río, logrando llegar con
vida a la otra orilla. Son estos
episodios quizá los más privados en la vida de Juana Azurduy,
pero restan todavía algunos desprendimientos y varias pérdidas:
la hija recién nacida se queda a cargo de Anastasia Mamani, quien
la cuidará durante el resto de los años que su madre continúe
luchando por la independencia americana. La muerte, en tinteros, de Manuel
Asensio Padilla. Las travesías para rescatar su cabeza, incrustada
por el enemigo en una pica, en la plaza pública, como forma de
escarmiento a quien se atreva a ir en contra de las fuerzas realistas.
Restan los esfuerzos de Juana Azurduy por reorganizar una tropa sin recursos,
acosada por el enemigo, que ha perdido toda colaboración porteña.
Resta la pasión vehemente, la tenaz persistencia de esta mujer
convencida de que la libertad americana no debe abandonarse. Tras la muerte
de su esposo, Juana Azurduy combate en el norte argentino, como en sus
tierras, junto a las tropas de Güemes. Tras la muerte de Güemes,
sin más combate y sin recursos para volver a la patria, Juana deberá
esperar hasta 1825 para alcanzar la independencia. Basta con
escuchar la historia de Juana Azurduy, para dejar de ignorar que el rol
de la mujer latina en nuestra independencia no puede ser jamás
olvidado, y dejar de pensar que nuestra libertad solo se la debemos a
los hombres. Material envíado por: Martin
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